Taína: La historia desde el arte y el pensamiento crítico

IDEL: Taína (Cortometraje)

Entrevista a IDEL sobre Taína, uno de los mejores discos de 2025: una reflexión que propone volver a la memoria colectiva y personal para pensarla —y sentirla— desde el arte, el cuerpo y el pensamiento crítico.

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Entrevista a IDEL

En el documental que acompaña el disco usted dice que Taína no es solo música, sino ritual, y añade: “Aunque lo haya creado yo, también es tuyo si estás dispuesto a recordarte”. ¿Qué lugar imagina para quien escucha dentro de ese ritual? ¿Qué tipo de disposición cree que requiere esa escucha?
Cuando hago esa invitación, pienso en un “nosotros” mucho más amplio que lo individual. Taína no habla solo desde lo dominicano, sino de una historia compartida por muchos pueblos del Caribe y de América Latina que fueron colonizados.

Es nuestra historia, nuestros ancestros, nuestras heridas y también nuestra resistencia.

Quien escucha entra al ritual desde eso que tenemos en común: una memoria que merece ser rememorada y resignificada, no desde la culpa ni desde la victimización, sino desde el arte y el pensamiento crítico. La disposición que requiere esta escucha es abrirse a reconocerse en esa historia, aunque a veces incomode, y permitir que la música funcione como un puente entre lo personal y lo colectivo.

En Taína, el conocimiento no viene de los libros (“Ay todo lo que escribieron, mira no lo creas / Estoy lejos de los libros”), sino del sol, del cuerpo, del tambor, del caminar y de la intuición. Como educadora, ¿qué tipo de aprendizaje propone esta forma de conocer? Y así como uno aprende a leer un libro, ¿cómo se aprende a escuchar o a leer estos otros saberes?
Yo valoro profundamente los libros y los textos, pero también reconozco que muchas veces es difícil empatizar de la misma manera solo a través de la lectura.

La música, el cine, la imagen y el sonido tienen una capacidad distinta de tocar emociones, de generar identificación inmediata. Hoy en día una película puede ser más impactante que un libro, sin restarle méritos, simplemente aprovechando las herramientas que tenemos para sensibilizarnos.

Desde Taína propongo un aprendizaje que no solo se entiende, sino que se siente. Un conocimiento que entra por el oído, por el cuerpo, por el ritmo. Creo que ahí hay una vía muy poderosa para acercar estos temas a personas que quizás nunca se detendrían a leer un texto académico, pero sí pueden conmoverse, cuestionarse y reflexionar a través del arte.

En el verso “ten tu espejo, no me veo en tu reflejo”, el espejo aparece como una mirada ajena que no devuelve identidad. ¿Cómo se dio cuenta de que estaba respondiendo —“obediente”, como dice “Cejas de algodón”— a una mirada que no era la suya? ¿Qué implicó rechazar ese reflejo?
Esa frase es un recurso consciente. Crecimos escuchando la historia de que a nuestros ancestros les cambiaron oro por espejitos y que eso los hacía ver ingenuos o tontos.

Con “Dame mi oro, ten tu espejo” lo que digo es lo contrario: devuélveme lo que es mío. No acepto un trato abusivo hacia mi tierra, mi gente ni mi cultura.

Es una manera de rechazar esa narrativa impuesta y de afirmar que no todo intercambio fue justo ni debe seguir siéndolo simbólicamente hoy. Es un acto de dignidad y de memoria.

Varias canciones no hablan solo de lo que le decían, sino de cómo se lo decían: como si fuera sucio, como si fuera un defecto, como si fuera un peso. ¿Qué aprendió sobre el poder de ese “como si”, de lo implícito, de palabras que parecen neutras pero no lo son?
En “Cejas de algodón” hablo de algo muy íntimo: mis cejas siempre fueron una fuente de vergüenza para mí. Los estándares de belleza nos dicen que todo puede corregirse, ocultarse o modificarse y yo caí en esa trampa. Llegué a no salir de casa sin maquillarme las cejas porque las veía escasas, feas, insuficientes.

Más adelante, investigando mis raíces, entendí que esos rasgos también estaban en mis ancestros. Lo que antes ocultaba podía convertirse en una señal de resistencia. No tenía que borrar mis rasgos para ser válida; podía honrarlos.

Esto conecta con el lenguaje implícito con el que crecimos, cargado de estigmas raciales. A mi generación también se le enseñó, de forma muy sutil, que lo blanco era más bonito, que tenía mejores narices, mejores cabellos, mejores rasgos. Pensar así es profundamente inaceptable y darme cuenta de eso me llevó a una reflexión muy fuerte que hoy forma parte de esta cosmovisión artística.

En “Morena” aparece una sensación de pérdida de luz (“aunque te sientas de noche y creas que en tu vida ya no sale el sol”), mientras que “Maguá” parece alumbrar en la oscuridad, como el palo ‘e lu’. ¿Cómo conviven en este disco el duelo y el goce? ¿Por qué era importante que ambos estuvieran presentes?
En Taína el duelo y el goce no se contradicen, se necesitan. No quería romantizar el dolor, pero tampoco negarlo.

“Morena” nace desde una noche muy profunda, mientras que “Maguá” es una luz pequeña, cotidiana, casi humilde. Como el palo ‘e lu’: no ilumina todo, pero alcanza para seguir.

Era importante que ambas coexistieran porque así es la vida. Porque incluso en medio del duelo hay gestos de belleza, y porque el goce, cuando viene después del dolor, es más consciente, más verdadero.

En “Dejarte ir” usted dice “tú ere’ un pasado presente”. A lo largo del disco, la memoria no aparece como algo cerrado, sino como algo que sigue ocurriendo. ¿Qué responsabilidad se tiene hoy frente a esa memoria?
Cuando digo “tú ere’ un pasado presente” hablo de una memoria viva. Si resignificamos el pasado desde el presente, podemos construir una base más sólida para que nuestras tradiciones, símbolos y formas de ver el mundo no mueran.

Eso implica responsabilidad: cuidar, transmitir, reinterpretar sin borrar. El arte, en este sentido, se convierte en una herramienta para que esa memoria no se quede congelada, sino que siga respirando, dialogando con el hoy y proyectándose hacia el futuro.

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